:stargif: 𝑩𝒆𝒆𝒕𝒉𝒐𝒗𝒆𝒏: 𝒈𝒆𝒏𝒊𝒐, 𝒔𝒐𝒓𝒅𝒆𝒓𝒂 𝒚 𝒔𝒐𝒎𝒃𝒓𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒖𝒏 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆 𝒊𝒏𝒅𝒐𝒎𝒂𝒃𝒍𝒆 :stargif:
Ludwig van Beethoven empezó a perder la audición antes de cumplir los treinta.
Para un músico, eso no es un obstáculo: es una sentencia.
Sin embargo, cuando rondaba los cuarenta ya estaba prácticamente sordo… y aun así compuso algunas de las obras más poderosas de la historia.
No fue magia.
Fue adaptación brutal.
Beethoven utilizó la conducción ósea para “escuchar” el piano.
Colocaba una varilla metálica entre la caja de resonancia del instrumento y sus dientes.
Las vibraciones viajaban por la mandíbula hasta el oído interno, saltándose el oído externo y medio.
No oía como antes, pero percibía el sonido como vibración.
Así trabajó.
Así pensó la Novena Sinfonía.
Así escribió los últimos cuartetos, que aún hoy suenan adelantados a su tiempo.
Esa imagen —un hombre solo, mordiéndole el piano para sentir la música— resume su carácter: testarudo, creativo, incapaz de rendirse.
Pero el mito del genio suele esconder una vida más áspera.
Su infancia fue dura.
Su padre, Johann, quería convertirlo en un nuevo Mozart.
Lo despertaba de noche, muchas veces borracho, y lo obligaba a practicar durante horas.
Mentía sobre su edad para hacerlo parecer más prodigio de lo que era.
Aquella presión dejó huella: Beethoven creció desconfiado, explosivo, con un resentimiento profundo hacia la autoridad.
De adulto no fue un hombre fácil. Desaliñado, irritable, propenso a discusiones con vecinos y mecenas.
Tenía la costumbre de echarse cubos de agua fría sobre la cabeza mientras componía; el agua se filtraba al piso inferior y provocaba quejas constantes.
En una ocasión incluso fue detenido brevemente porque su aspecto hacía dudar de que fuera el célebre compositor.
Su salud fue un campo de batalla continuo.
Problemas digestivos crónicos, dolores abdominales, infecciones, y finalmente una grave enfermedad hepática que lo llevó a la muerte en 1827.
Estudios modernos en mechones de su cabello revelaron niveles muy elevados de plomo.
En su época se utilizaba este metal para “mejorar” el vino barato.
Es posible que la intoxicación contribuyera a su deterioro físico, aunque la sordera probablemente tuvo múltiples causas.
En el terreno emocional tampoco encontró estabilidad.
Nunca se casó.
Tras su muerte apareció una carta apasionada dirigida a la “Amada Inmortal”. “Mi ángel, mi todo, mi yo mismo…”, escribió.
La identidad de esa mujer sigue siendo debatida; los nombres más probables son Antonie Brentano o Josephine Brunsvik.
Las diferencias sociales hacían casi imposible un matrimonio.
Beethoven amó, pero no logró construir una vida compartida.
Uno de los capítulos más oscuros fue la tutela de su sobrino Karl.
Tras la muerte de su hermano, Beethoven luchó en los tribunales por la custodia del joven.
Se convirtió en un tutor controlador, severo, emocionalmente inestable.
La presión fue tan grande que Karl intentó suicidarse.
Sobrevivió, pero la relación quedó marcada.
El genio musical no supo ser guía afectivo.
Y, sin embargo, cuando uno escucha la Novena —estrenada en 1824 con Beethoven ya completamente sordo— ocurre algo difícil de explicar.
En el estreno, tuvieron que girarlo hacia el público para que viera los aplausos que no podía oír.
Esa imagen no es romántica: es devastadora y luminosa a la vez.
Sus últimas palabras también están envueltas en versiones.
Una tradición recoge la frase latina “Aplaudid, amigos, la comedia ha terminado”.
Otra, más terrenal, cuenta que al recibir vino en su lecho de muerte murmuró: “Demasiado tarde”.
Sea cual sea la verdadera, ambas encajan con su vida: grandeza y desengaño caminando juntos.
Beethoven no fue un santo ni un héroe de mármol.
Fue un hombre complicado, herido, obstinado.
Pero cuando el mundo se le apagó en silencio, decidió que la música no dependía solo del oído.
Dependía de la voluntad.
Y eso es lo que lo hace inmenso.
No la perfección, sino la resistencia.
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