💗Hoy he visto a alguien que el tiempo ha ido doblando sin pedir permiso.
Un vecino de casi noventa años,
de los que antes llenaban la acera con pasos firmes
y ahora la recorren como si pidieran perdón al suelo.
Me he alegrado de verlo, de verdad.
De reconocer su cara, su voz aún viva,
esa chispa de “sigo aquí” que no se apaga del todo.
Pero también me ha dado miedo.
No de él.
Del tiempo.
Porque la decadencia no avisa,
no hace ruido,
solo se instala poco a poco en los hombros,
en la espalda encorvada,
en la lentitud que antes no estaba.
Y duele verla cuando conociste a la persona entera,
cuando la recuerdas paseando, hablando, riendo,
siendo más grande que los años.
Nos hemos alegrado mutuamente.
Él de verme.
Yo de comprobar que, a pesar de todo, sigue existiendo.
Y en ese cruce breve,
entre perros, recuerdos y miradas,
me han entrado ganas de llorar.
No por tristeza pura,
sino por lucidez.
Porque el tiempo nos promete vida
y luego nos la va cobrando en pequeñas cuotas.
Porque entender que todos acabaremos siendo un “antes”
es una lección que llega sin avisar
y siempre duele un poco.
Aun así, qué regalo verlo.
Qué privilegio seguir reconociéndonos.
Qué victoria, mínima pero hermosa,
seguir alegrándonos el día
aunque el cuerpo ya no acompañe como antes.
El tiempo se lleva cosas, sí.
Pero mientras haya encuentros,
miradas que se reconocen
y alegría sincera al ver al otro,
todavía queda algo intacto.
Y eso también importa.
💗💗💗
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