La historia de Ulises (u Odiseo) y su perro Argos.
Ulises partió de Ítaca para combatir en la guerra de Troya y tardó veinte años en regresar: diez de guerra y diez de errancia por mares extraños, islas encantadas y peligros sin nombre. Cuando finalmente volvió a su patria, lo hizo disfrazado de mendigo, para observar en secreto lo que había ocurrido en su ausencia. Nadie lo reconocía: ni los sirvientes, ni los pretendientes que ocupaban su casa, ni siquiera su propio hijo al principio.
A las puertas del palacio, entre la suciedad y el abandono, yacía Argos, su viejo perro. Cuando Ulises partió, Argos era un cachorro fuerte y veloz, famoso por su destreza en la caza. Ahora estaba viejo, enfermo y cubierto de pulgas, olvidado por todos, incapaz siquiera de levantarse. Era el reflejo silencioso del paso del tiempo y del deterioro del hogar sin su señor.
Sin embargo, cuando Ulises pasó frente a él, Argos alzó la cabeza, movió levemente la cola y reconoció de inmediato a su amo. No necesitó palabras, ni gestos, ni rostro descubierto: el vínculo era más fuerte que la apariencia y los años. Ulises, para no delatarse, no se detuvo, pero una lágrima se deslizó por su rostro al ver que alguien aún lo recordaba tal como era.
Argos, habiendo cumplido su última misión —volver a ver a su señor—, murió en ese mismo instante. No hubo despedida, ni caricias, ni palabras; solo el reconocimiento silencioso y fiel. Su muerte marca uno de los momentos más humanos del poema: mientras los hombres traicionan, olvidan y ambicionan, un perro permanece fiel hasta el final.
Así, la historia de Ulises y Argos se convierte en un símbolo eterno de la lealtad absoluta, del amor que no exige recompensa y de la memoria que sobrevive incluso cuando todo parece perdido. Es una pequeña escena dentro de una gran epopeya, pero una de las más profundas y recordadas de la literatura universal.
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