Yo preví que tantos años de nostalgia milenial (monetizada con excelencia por -paradoja- vías digitales) poco bueno podían dar. Ese ítem sumado al retroceso social que distintos grupos buscan desde el parlamentarismo, ha cerrado un marco donde primero las espiritualidades cuquis y luego las dogmáticas, pasaron de recreo naif a centrar la conversación.
Tiempos luxeros les digo yo.
Aunque jamás dejó de estar en la calle o en el hecho cultural. Finalizando 2023, Anastacia cantó un villancico que, fuera de hablar de amor y paz, apelaba a María. En 2025, el buen Here For It All de Mariah (comentado bajo este mismo hashtag para ustedes) contenía la animadilla Jesus I Do.
Dentro de las lindes cañís, y tras dos álbumes con su nombre, Amaia Montero grabó los siguientes con epígrafes como Si Dios quiere yo también (aunque este sujeto gramatical ya apareció antes, en el estribillo del single 4") y Nacidos para creer. Conocíamos una faceta luxera de Montero antes de instaurarse el marco actual, una que se desató cuando estuvo sola.
Todos estamos bailando la misma canción encapsula la idea en un escenario cósmico-celestial distinto al de Europa VII, pues este es, como es muy moda y muy Montero, un acto de fe. Apela a un pluribus de recogimiento, a olvidar lo aprendido y plantearse si todo será proyecciones del Edén. Lo hace con una hermosa melodía que no salva al tema de sonar entre clásico y viejo, pues su estructura y producción remiten a 2005.
La presentación (en riguroso playback), de mimado empaque visual, destacó en lo cromático a la solista de los músicos. Un falso directo sin marcar momentos, desapasionado (tampoco tuvo fuerza el alegato final). El traje home brutalist entre La Prohibida y Katy Perry no fue suficiente para abstraernos. En OT sería nominación. En Drag Race, expulsión.
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