:stargif: 𝑱𝒂𝒈𝒖𝒂𝒓𝒊𝒏𝒂, 𝒍𝒂 𝒂𝒎𝒂𝒛𝒐𝒏𝒂 𝒗𝒊𝒄𝒕𝒐𝒓𝒊𝒂𝒏𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒅𝒆𝒔𝒂𝒓𝒎𝒐́ 𝒂 𝒎𝒂́𝒔 𝒅𝒆 𝒔𝒆𝒔𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒉𝒐𝒎𝒃𝒓𝒆𝒔 :stargif:
En plena era victoriana, cuando a las mujeres se les exigía corsé, discreción y silencio, Ella Hattan hizo exactamente lo contrario.
Se puso una armadura, empuñó un sable y se presentó ante el público como “Jaguarina”.
No era un personaje frágil de teatro.
Era una duelista real, con cicatrices reales.
Ella Hattan (c. 1859–1920) fue una esgrimista y artista marcial estadounidense que alcanzó fama internacional en las décadas de 1880 y 1890. Su apodo no fue casual: “Jaguarina” evocaba agilidad, ferocidad y exotismo, un recurso muy eficaz en el mundo del espectáculo del siglo XIX.
Porque sí, había show.
Pero también había combate serio.
Se le atribuyen más de sesenta victorias en asaltos públicos, muchos de ellos contra hombres entrenados, incluidos maestros de armas y militares.
Las crónicas de la época hablan de desafíos abiertos y giras por Estados Unidos y Europa.
Uno de los enfrentamientos más citados fue contra el sargento Owen Davis, de los Marines estadounidenses, a quien derrotó en 1887 tras un duelo largo y exigente.
Su reputación se consolidó ahí.
Jaguarina dominaba varias armas: sable de caballería, florete, espada ropera, daga y cuchillo Bowie.
También practicaba pugilismo, el boxeo de la época a menudo sin guantes.
No era raro que aceptara combates en condiciones duras, incluso al aire libre y bajo calor intenso.
Varias fuentes mencionan que llevaba cicatrices visibles, prueba de que no todo era coreografía.
Uno de los aspectos que más la diferenciaba era su destreza ecuestre.
Realizaba exhibiciones y asaltos montada a caballo, algo que exigía una coordinación extraordinaria.
Controlar al animal con las piernas mientras blandía un sable pesado no es una habilidad decorativa; es entrenamiento de caballería.
Practicaba cortes de precisión sobre objetivos mientras galopaba, una técnica heredada de tradiciones militares europeas.
Su preparación física también era poco común para una mujer de su tiempo.
Utilizaba mazas de madera (Indian clubs), muy populares entre atletas victorianos, para fortalecer hombros y muñecas.
Trabajaba resistencia, equilibrio y potencia.
Y entrenaba mayoritariamente contra hombres, lo que la obligaba a compensar diferencias de masa corporal con técnica y velocidad.
Eso forja carácter.
Ahora bien, conviene matizar algo con honestidad histórica.
Los combates de Jaguarina se desarrollaban en el contexto del espectáculo público.
Aunque el riesgo era real y las armas no eran juguetes, estos desafíos estaban organizados y reglados.
No eran duelos clandestinos a muerte.
La prensa del momento magnificaba cifras y gestas, como era habitual en el mundo del entretenimiento decimonónico.
Aun así, que una mujer derrotara sistemáticamente a hombres entrenados en un entorno marcadamente masculino no es un detalle menor.
Más allá de la técnica, lo que realmente impresiona es su resiliencia mental.
Competía en una sociedad que veía a una mujer armada como una anomalía.
Convertir esa hostilidad en ventaja psicológica fue parte de su estrategia.
No pedía permiso.
Se presentaba, desafiaba y ganaba.
Hacia comienzos del siglo XX desapareció de la vida pública.
No hubo un gran escándalo ni una caída dramática.
Simplemente se retiró.
Murió en 1920, relativamente olvidada por el gran relato histórico.
Y, sin embargo, su figura anticipa algo importante: décadas antes de que el deporte femenino fuera reconocido, ella ya estaba ocupando ese espacio a sablazos.
Jaguarina no fue un mito inventado después.
Fue una mujer que entendió el poder del espectáculo, sí, pero que lo sostuvo con habilidad auténtica.
En una época que la quería decorativa, eligió ser letal.
Y eso, incluso hoy, sigue incomodando un poco.
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