Cuando el carisma desplaza a la capacidad en la democracia.
La salud de un sistema democrático se mide por la calidad de su representación; sin embargo, observamos un fenómeno global de degradación donde la popularidad ha sustituido a la competencia técnica. Esta deriva hacia la "política del espectáculo" prioriza el carisma y la fama sobre el conocimiento de la administración pública, dejando a las instituciones en manos de figuras cuya principal virtud es la notoriedad.
Casos históricos y contemporáneos ilustran esta tendencia:
La farándula en el poder: Desde la llegada de actores como Ronald Reagan o Arnold Schwarzenegger en Estados Unidos, hasta figuras locales como Irma Serrano "La Tigresa", el sistema ha validado que el reconocimiento mediático es un sustituto viable de la carrera política más que su verdadera capacidad o aptitud para ejercer dicho puesto.
El deporte como plataforma: Casos como el de Cuauhtémoc Blanco en México demuestran cómo la idolatría deportiva se traduce en capital electoral, independientemente de la nula formación administrativa del candidato.
El ascenso del populismo: Líderes que, mediante discursos emocionales y simplistas, logran enajenar a las masas. Al apelar al sentimiento antes que a la razón, estos dirigentes ocultan la carencia de planes de gobierno sólidos y aptitudes necesarias para la gestión de crisis.
Esta enajenación colectiva tiene un costo tangible: la desprotección de la ciudadanía. Cuando se elige al más "popular" en lugar de al más capaz, el ejercicio del poder se convierte en una herramienta para intereses personales o de grupo, sumiendo a las poblaciones en el estancamiento o la miseria.
La verdadera soberanía ciudadana exige recuperar el criterio de aptitud. La democracia no debería ser un concurso de popularidad, sino un proceso de selección basado en la integridad, el conocimiento y la capacidad demostrable, se debe de elegir de forma completamente racional en vez de hacerlo de manera emocional como ha pasado últimamente. Solo mediante un electorado informado y crítico podremos exigir que los cargos públicos sean ocupados por servidores, y no por personajes.
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