#Bosque

2026-01-09
Pequeña ave surcando desnudos fresnos, hacia el cielo de una tarde de Invierno.
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Adrián Fares | Universos Literarioselsabanon.wordpress.com@elsabanon.wordpress.com
2026-01-04

La casa giratoria

En la ciudad no podía volver a hacer mío el comedor. Mi mujer lo había diseñado. Era arquitecta y diseñaba interiores para una franquicia de cafeterías. Al final terminé plegando la mesa extensible hasta dejarla como una mesita cuadrada y la ubiqué en el dormitorio, al lado de la cama. Cenaba ahí.

Cada noche me tomaba medio Fernet, o medio ron, una botella de vino, varias latas de cerveza. La quetiapina, que me habían recetado para la depresión y el estrés postraumático, hacía que el alcohol no me pegara: al otro día me despertaba como si no hubiera tomado nada. Y me producía sueños vívidos. 

Casi siempre soñaba con mi hija y mi mujer en el auto, cantando, hasta que una camioneta se pasaba de carril. El auto recibía un leve impacto y empezaba a girar y girar, en cámara lenta, hasta que otro impacto, más fuerte, hacía estallar los cristales. En ese momento el sueño se cortaba. 

Ellas murieron camino a la costa mientras yo estaba en Brasil, en una feria del libro donde me habían invitado. Había elegido estar ahí en vez de pasar las vacaciones con mi familia. Necesitaba una editorial más grande, más traducciones. Me dejaba llevar por la vida hacia donde entrevía el éxito y no me hacía muchas preguntas si algo sonaba prometedor para mi carrera. Las preguntas llegaron con la muerte de mi mujer y mi hija. Todas juntas. Era para silenciar esas preguntas que bebía todas las noches mientras miraba películas recomendadas por sitios especializados.

Nunca me consideré un alcohólico. Como dije, por efecto de las pastillas, dormía mucho y me despertaba fresco, aún después de beber toda la noche. A la tarde, limpiaba el departamento y hacía cien flexiones de brazos. Después salía con una mochila a comprar alcohol en el supermercado chino. Un día me di cuenta de que, en ese departamento y con esa rutina, iba a seguir así toda la vida. Por eso tuve que rajar.

Me fui al sur, a la Patagonia, lejos de todo. Elegí una cabaña en un claro del bosque, cerca de Trevelin. En el tejado había una veleta de hierro con la rosa de los vientos, coronada por un pez, que apuntaba hacia el sudoeste. Era lo primero que miré cuando fui a verla. El terreno venía con una plantación de arándanos, protegida del viento por una cerca de ñires secos.

El dueño había sido un viejo alcohólico. En la inmobiliaria no me dijeron que se había ahorcado en las ramas bajas del pino más alto. Pronto me lo contaron en el pueblo. Me daba lo mismo. No creía en fantasmas. Al revés, en esa época miraba la oscuridad hasta que me dolían los ojos, esperando que apareciera alguien o algo.

En el sur no hacía nada. Apenas escribía. Pensé que iba a cuidar los arándanos, pero ni eso. Dejé que crecieran salvajes. Los juntaba en diciembre, en mi gorra, arrancando el fruto a lo bestia, sin el cuidado que había que tener para cosecharlos. Para que no se arruine la capa cerosa protectora hay que hacerlos girar con delicadeza. Pero yo era como un duende entre los arbustos, los arrancaba y los comía en mi casa como merienda o, ya congelados, los hacía crujir entre los dientes a la noche para matar la ansiedad.

De día, cruzado de brazos frente a la casa, me quedaba mirando cómo la luz del sol se filtraba por las copas de los coihues que bordeaban el sendero principal, mientras el aire olía a tierra húmeda y a leña quemada en alguna chimenea lejana. Al atardecer, en el fondo del terreno, con las manos en los bolsillos de la campera, me bastaba con descubrir la mancha parduzca de una liebre cruzando los árboles para quedar extasiado, como si el mundo estuviera a segundos de acabarse y algo ominoso fuera a suceder, algo que nunca era más que la llegada de la noche.

La primera vez que ocurrió fue una de esas mañanas en que no aguantaba la soledad y necesitaba acercarme al pueblo. Caminé rápido y dejé atrás el pino alto, sin darme cuenta de que ese árbol siempre estuvo en línea recta con la ventana del dormitorio. No con la puerta. 

Al final, en vez del pueblo, llegué a la cascada pequeña. Me senté en una piedra. Fumé y lloré un poco, porque el lugar era tan bello y yo había sufrido tanto, que estar ahí, solo, parecía un despilfarro de la naturaleza. Sabía que hay que llorar, sí, pero hay que llorar poco, porque si no uno no para. Y el agua que fluía entre las piedras me recordó eso.

Volví caminando sin mirar a los costados, como un robot cansado porque llorar, aunque sea un poco, cansa. Aunque sabía que en ese lugar debía estar la ventana, entré por la puerta y fui directo a tirarme en la cama. Al rato, salí y vi que el pino alto seguía ubicado más allá de la puerta. 

Tomé bastante vino. A la medianoche salí mareado. Siguiendo la lógica del día, fui hasta el pino y meé. Pero al terminar, me di cuenta de que el árbol no estaba ahí. Había meado en el sendero principal. Giré y vi que la casa y el pino estaban en su posición normal, como si nada hubiera pasado.

Antes de dormir, tomé la quetiapina como siempre. Sumada al alcohol, dormí profundamente, sin pesadillas. Al otro día me levanté tarde. Me tocaba ir al pueblo a comprar comida. Abrí la puerta, caminé por la maleza en vez del sendero y di con el arroyo. Me di vuelta hacia la cabaña: la puerta estaba ahora donde debía haber estado la ventana de la cocina. 

Corregí el rumbo, caminé por el sendero principal y luego tomé el camino hacia el noreste. En el almacén del alemán compré pan lactal, fiambre, café soluble y cigarrillos. Volví, rodeé la casa y me metí adentro.

A la noche salí a mirar el cielo, ese cielo salpicado de mundos brillantes que era mi paraíso, pero que dolía más que el dolor. Al cruzar la puerta de la casa me molestó ver la camioneta estacionada en el terreno del fondo, en vez de la maleza que esperaba encontrar. La casa había girado de nuevo. Ahora la puerta daba hacia el oeste.

Nervioso, caminé hasta la camioneta, girando la cabeza a veces para asegurarme de que la puerta seguía a mis espaldas. Traté de ponerla en marcha. Imposible. El motor se ahogaba.

Salí y miré hacia las copas de los maitenes iluminadas por la luz fría de la luna. Las hojas parecían lentejuelas sopladas por un gigante y al agitarse destellaban y producían ese sonido susurrante que nada que ver, parecido al rumor del mar al lamer una playa. Recordé unas vacaciones con mi familia. Me vi levantando un castillo de arena para mi hija.

Volví a la casa, molesto porque esa noche el nuevo giro de la casa me había hecho acordar de algo que prefería olvidar. Tomé la quetiapina y dormí hasta pasado el mediodía del día siguiente. 

Ni bien me levanté salí hacia el pueblo, al taller mecánico de enfrente del alemán. Pero en vez de pisar el sendero principal, me metí en uno de los senderos frondosos de la plantación de arándanos y después de una caminata corta di con el pequeño cementerio de los galeses. Otra vez la casa me había engañado. Ahora la puerta apuntaba al sudoeste. Había girado menos que las otras veces. No importaba. 

Como un turista más, en la casa de té junto al cementerio comí torta negra galesa y tomé un té mientras miraba a una francesa muy linda. Estaba sentada sola, de espaldas, a una mesa cercana. Tenía el pelo corto, negro con un mechón blanco, y cada vez que llamaba al mozo, veía su pequeña nariz redonda y su labio superior sobresalido; parecía un pececito de aguas cristalinas. Su cara entera, con los ojos claros un poco oblicuos, reflejada en un espejo de pared, me daba paz. ¿Sería realmente francesa? Quería acercarme pero me gustaba tanto que no me animé. Volví a la casa. Me había olvidado del taller mecánico.

Empujé la puerta. Subí un escalón para dejar la gorra en la mesa redonda del comedor.

¿Un escalón? Alrededor de la mesa, el piso estaba levantado, los bordes de la plataforma circular que se había formado eran como una rueda dentada.

Pensé que la casa se estaba preparando para desenroscarse, y que los árboles, mi camioneta, la plantación, se hundirían en ese pozo que la cabaña excavaría en el comedor. Fui al dormitorio, cerré la puerta y me acosté. No sé por qué se me escapó una sonrisa inoportuna. Era como si me la estuviera dibujando un ser invisible contra mi voluntad.

Al otro día me desperté muy tarde y me apuré para que no cerrara el almacén del alemán. Me aseguré de que la puerta apuntara hacia donde quería ir; tal cual, la puerta daba al sendero principal, así que caminé derecho y luego hacia el noreste hasta el pueblo.

Compré querosén. Necesitaba una bujía nueva, o eso pensaba, pero el taller mecánico ya estaba cerrado. Mala suerte. No importaba. Volví lo más rápido que pude con la mirada fija en el cielo color durazno del atardecer. La puerta estaba en su lugar.

No tenía nada de valor en la casa. Solo libros que ya no valían la pena. La billetera y un blíster de pastillas estaban en mi bolsillo. Rocié la cabaña con querosén y lo dejé caer en línea recta hasta la puerta. El encendedor estaba gastado. Me lastimé el pulgar, pero al final el fuego corrió hacia la mesa. Caminé hacia atrás por el sendero principal sin dejar de mirar la puerta.

El fuego iluminó la plantación, salió disparada una liebre entre los árboles, volaron los murciélagos y salieron rajando los cuises de entre los troncos cortados. El resplandor me cegaba. La casa finalmente ardía. Entre las llamas vi proyectada la imagen de la chica francesa. Me había enamorado como un idiota.

Pero la cabaña empezó a girar. Cada vez más rápido. El fuego bailaba y el viento lo apagaba. La casa se alzó un poco del suelo. El tejado desapareció. Y las paredes se vinieron abajo. Se detuvo, ya sin paredes, mostrándome la rueda dentada con la mesa del comedor y las sillas. Aunque la mesa era redonda, me recordó al comedor del departamento, antes de que plegara la mesa y la ubicara en el dormitorio.

No quería sentarme en ese lugar. De repente, vi a mi hija, con el flequillo rubio cortado recto, cenando. Mi mujer, sentada recta en una de las sillas con el pelo atado en la nuca, me daba la espalda. Avancé unos pasos, pero mi mujer y mi nena desaparecieron. De cualquier modo, me dirigí a la plataforma. La cabeza plana del tornillo se estaba hundiendo como si una mano invisible lo girara. Salté. Tuve el valor de correr una silla y apoyar el culo ahí.

Seguía rotando. Desde el pozo vi desaparecer la copa del pino alto, vi alejarse la luna llena; al bajar la cabeza vi la tierra húmeda y mientras me hundía con la mesa, sentado en ese trono hogareño, vi raíces, hormigueros, lombrices gruesas, huesos de animales extintos, rocas doradas y finalmente una multitud de ojos azules brillantes comenzó a rodearme, mientras me sacudía la tierra de la cabeza.

Me agarré de las raíces que colgaban en ese pozo profundo, comencé a escalar —ya había hecho escalada en la ciudad, era rápido—, vi cómo la plataforma con las sillas y las mesas se quebraba y hundía. Salí del agujero como un muerto viviente y me quedé de pie, exultante, en el borde de la sima que había creado la cabaña. Entonces la tierra a mi alrededor empezó a ceder. Caía, mezclada con cenizas, en el agujero. Me estaba succionando los pies como una ola que retrocede en la playa. Retrocedí unos pasos y salí corriendo. 

En el escape, ni miré para dónde me dirigía y un cuerpo blando me golpeó el hombro, justo a la altura del pino alto. Escuché risas y seguí corriendo, hasta que tropecé con el tronco de un árbol. Boca abajo en el suelo sentí que me daban un abrazo fuerte. Era más de una persona. 

Después me levanté, busqué el sendero principal y caminé hasta el pueblo. Me senté en un banco de la plaza. Un perro callejero negro, grande y limpio, se acercó, se sentó delante de mí y se quedó mirándome fijo. Tenía ojos almendrados, bondadosos. Me incliné y, con mi boca cerca del hocico húmedo, le pregunté:

¿Quién sos? 

por Adrián Fares

Gracias por llegar hasta el final de este relato.

Pueden leerme en inglés en adrianfares.substack.com

Encontrarán cuentos, poemas y novelas serializadas como Diary of a Broken Android (Diario de un androide roto, versión final en expansión)

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Una cabaña asentada arriba de la base plana de un tornillo gigante
Jaime Jesús Carreño Rubiojamespumita@pixelfed.social
2026-01-03
Personas al aire libre III

Estas ilustraciones son de personas posando en ambientes naturales de entornos boscosos, provenientes de imágenes provenientes de fotos de Instagram (bajo permiso de los titulares de cuentas).

#JamesPumita - 2023

#bosque #pasto #naturaleza #airelibre #outdoors #forest #nature #outdoors
gombaugombau
2025-12-24

Fotorandom: Capas de hongo dibujando anillos de color sobre la corteza, como pequeñas terrazas colgando del tronco.
instagr.am/p/DSo_X9EicAa/

¿Es posible que un niño desaparecido en la selva regrese años después convertido en un maestro de la medicina ancestral? 🌿✨
Esta es la asombrosa #historia de Manuel Córdova-Ríos, el 'Jaguar Negro', el hombre que tendió un puente entre la #ciencia moderna y los secretos ocultos del #Amazonas.

En 1902, la selva amazónica no solía devolver lo que tomaba. Cuando Manuel Córdova-Ríos, un niño de quince años, desapareció en la espesura cerca del río #Mishagua, la ciudad de #Iquitos asumió lo inevitable: la jungla lo había matado. Para su familia quedó el silencio; para los #mapas, un espacio en blanco.

Pero Manuel no estaba muerto. Estaba siendo reescrito.

Había sido capturado por los #Amahuaca, una tribu aislada y temida que vivía mucho más allá del alcance de misioneros y caucheros. Lo que debía ser una sentencia de muerte se convirtió en una adopción. El jefe de la tribu, un hombre llamado Xanu, vio en los ojos del chico una chispa de percepción inusual y decidió no convertirlo en prisionero, sino en heredero.

Durante siete años, Manuel dejó de existir. En su lugar nació Ino Moxo (el Jaguar Negro).
Bajo la tutela del jefe, Ino Moxo aprendió a leer el #bosque como si fuera un texto sagrado. Descubrió que la #selva no era un muro de ruido verde, sino una farmacia viva de precisión quirúrgica. Aprendió qué lianas podían detener una hemorragia en segundos, qué resinas habían purgado los parásitos y cómo navegar los reinos de la #conciencia mediante la #medicina sagrada. Su entrenamiento fue intenso, ayunos prolongados, aislamiento nocturno y una dieta estricta diseñada para agudizar los sentidos hasta poder escuchar, literalmente, el crecimiento de las #plantas.

Cuando finalmente emergió de la selva en 1909 y regresó a la civilización, los #médicos de Iquitos quedaron atónitos. La región estaba siendo devastada por #enfermedades tropicales que la #medicina occidental no lograba comprender. Donde los doctores veían fiebre y muerte, Ino Moxo veía desequilibrios energéticos y botánicos.

Se hizo famoso por lograr lo imposible. En una ocasión documentada, salvó a un oficial de policía desahuciado por una infección parasitaria masiva que los #hospitales no podían tratar. Manuel preparó una mezcla específica de cortezas, la administró con calma y el hombre expulsó el mal, recuperándose casi de inmediato.

No hacía milagros, aplicaba #ciencia ancestral.

Su reputación creció tanto que atrajo la atención de #científicos #internacionales. En una época donde lo indígena era despreciado, farmacéuticos y botánicos acudieron a él para entender los secretos del curare y otras sustancias neuroactivas. Ino Moxo se convirtió en el eslabón perdido entre la #química de la selva y la #farmacología moderna.

Manuel Córdova-Ríos vivió hasta los 91 años, falleciendo en 1978. Pasó el resto de su vida en Iquitos, curando con humildad y enseñando que la selva no es salvaje, sino infinitamente sofisticada.

El niño que desapareció en 1902 demostró que, a veces, hay que perderse en lo profundo para encontrar las respuestas que el #mundo civilizado ha olvidado.

Fuente: F. Bruce Lamb, "Wizard of the Upper Amazon: The Story of Manuel Córdova-Ríos" y Registros #Históricos de Iquitos. La imágen tiene una parte representativa.

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2025-12-23
Noche bajo las copas de los árboles y las luces de Navidad, de la plaza de los Chisperos.
#paisajeurbano #urbanscape #bosque #forest #Navidad #Christmas #lucesdenavidad #christmastlights #nocturna #nightphotography #Chamberí #Madrid

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