𝑪𝒖𝒆𝒏𝒕𝒐 𝒅𝒆 𝑴𝒊𝒆𝒅𝒐
𖤐 𝑬𝒍 𝒊𝒏𝒗𝒆𝒏𝒕𝒂𝒓𝒊𝒐 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒓𝒂́𝒇𝒂𝒈𝒂𝒔 𖤐
Siempre he pensado que el viento es el único elemento con criterio.
El fuego es un ansioso que lo devora todo, y el agua es una masa torpe que se desparrama sin mirar.
Pero el viento… el viento selecciona.
Hoy el cielo de la ciudad ha amanecido con un gris de esos que parecen una duda existencial mal resuelta.
Desde mi balcón, observaba cómo las palmeras se doblaban como si intentaran pedir perdón por algo.
Pero lo extraño no era el movimiento de las hojas.
Lo extraño era el sonido.
No era un silbido, era un susurro de miles de voces juzgando al unísono.
Abajo, en la acera, Don Manuel —el tipo que patea a los perros callejeros cuando cree que nadie lo mira— intentaba cruzar la calle.
Entonces ocurrió.
Una ráfaga súbita, violenta y quirúrgica, lo envolvió.
No movió un solo papel del suelo, ni siquiera despeinó el flequillo postizo de la vecina del primero.
Solo fue a por él.
Lo que vi en el rostro de Manuel me hizo soltar el vaso.
No hubo un grito de dolor, porque el viento, en su infinita eficiencia, les roba primero el aliento.
Sus pulmones se vaciaron al instante, colapsando mientras intentaba pedir un socorro que solo salió en forma de un silbido agónico.
Vi cómo sus ojos se desorbitaban, no por la fuerza física, sino por la comprensión absoluta de que su propio peso ya no importaba.
El viento no empujaba su cuerpo; estaba tirando de sus pecados, de esa masa oscura que guardaba en el pecho.
Manuel se volvió translúcido por un segundo, una silueta de carne vibrando a una frecuencia imposible.
No era consciente de la calle, ni del asfalto; su expresión era la de alguien que de repente ve proyectada toda su miseria en una pantalla de 360 grados.
Se desintegró en un remolino de ceniza negra que el viento succionó hacia las nubes en un parpadeo.
En el lugar donde estaba, solo quedó su paraguas, apoyado en el asfalto con una delicadeza insultante.
Me serví un refresco.
El gas burbujeó con una alegría que contrastaba con el vacío que acababa de quedar en la calle.
Me gusta ver los dramas desde la barrera, ya lo sabéis, pero esto superaba cualquier expectativa meteorológica.
Pronto, el caos se volvió silencioso.
El viento empezó a "limpiar el inventario".
Vi a la banquera que desahució a media barriada ser absorbida mientras esperaba el autobús.
Ella ni siquiera tuvo tiempo de soltar el maletín.
Sentí, más que vi, cómo el aire entraba por sus poros, convirtiendo su sangre en escarcha antes de evaporarla.
No había lucha posible, porque el enemigo estaba dentro de ellos, respondiendo a la llamada de la tormenta.
Vi al tipo del cuarto, ese que siempre tiene una sonrisa amable pero los ojos llenos de veneno, ser arrastrado por una corriente que entró por su ventana cerrada y lo sacó por el respiradero de la cocina como si fuera humo.
Los que quedaban alrededor, los "limpios", seguían caminando sin notar nada, esquivando los huecos donde antes había personas, como si el cerebro se negara a procesar la resta.
Era una purga invisible.
El viento ignoraba las farolas, los coches y los gatos.
Solo buscaba la ponzoña.
Lo más aterrador no era verlos desaparecer, sino ese instante de lucidez absoluta que mostraban antes de ser borrados: una mezcla de sorpresa y terror puro al darse cuenta de que, finalmente, el universo les estaba pasando la factura.
Cerré la reja de mi balcón.
La ironía de estar a resguardo mientras el mundo exterior se deshace de su propia basura no se me escapa.
Sin embargo, mientras escribo esto, he notado algo que me ha helado la sangre.
El viento ha dejado de aullar fuera.
Ahora, el susurro viene de las rendijas de mi propia puerta.
Es una brisa suave, casi una caricia, que huele a ozono y a cuentas pendientes.
Dicen que nadie es totalmente puro.
Yo siempre he preferido observar los dramas ajenos, pero parece que el viento ha decidido que hoy no quiere más espectadores.
Se ha colado un hilo de aire frío en el salón y está empezando a juguetear con las teclas de mi ordenador.
Siento una presión extraña en el centro del pecho, como si mi propia ironía pesara demasiado para las corrientes que vienen a buscarme.
Espero que, si leéis esto mañana, sea porque el viento solo buscaba corregirme la ortografía.
Aunque, sinceramente, conociendo mis antecedentes y mi lengua afilada, creo que voy a necesitar algo más que un refresco para salir de esta.
Escuchad bien.
Si vuestras cortinas empiezan a moverse sin motivo, no cerréis las ventanas.
Total, el viento ya sabe lo que habéis hecho.
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