:stargif: 𝑴𝒐𝒛𝒂𝒓𝒕 𝒔𝒊𝒏 𝒇𝒊𝒍𝒕𝒓𝒐 :stargif:
Wolfgang Amadeus Mozart no fue el compositor etéreo y pulcro que el siglo XIX quiso esculpir.
Fue un creador extraordinario y, al mismo tiempo, un hombre con una fijación persistente por lo escatológico, un temperamento errático y una vida económica siempre al límite.
La prueba más incómoda está en sus cartas, especialmente las dirigidas a su prima Maria Anna Thekla Mozart (“Bäsle”).
Entre 1777 y 1781 le escribió textos llenos de rimas obscenas, juegos infantiles y referencias explícitas a excrementos y flatulencias.
Un fragmento real, en traducción directa, dice:
“Ahora te deseo buenas noches, caga en tu cama con todas tus fuerzas, duerme con la mente en paz e intenta besarte el trasero. […] ¡Ay, mi culo arde como el fuego! ¿Qué demonios significa esto? —¿Quizás la porquería quiere salir? Sí, sí, porquería…”.
En otra carta juega con versos como:
“Ayer oímos al rey de los pedos,
olía tan dulce como tartas de miel,
aunque no con la voz más fuerte,
sonaba como un trueno potente.”
No son invenciones modernas.
Son documentos conservados.
Y no eran deslices aislados: la recurrencia revela que ese humor formaba parte de su universo íntimo.
Esa misma vena aparece en su música privada.
El canon “Leck mich im Arsch” (K. 231) —“Lámeme el culo”— es auténtico.
Durante décadas se publicó con letra suavizada para no manchar su imagen.
También circula “Leck mir den Arsch fein recht schön sauber”, aunque algunas atribuciones han sido discutidas y se ha señalado a Wenzel Trnka como posible autor de ciertas versiones.
En cualquier caso, el Mozart escatológico existió.
Sobre su comportamiento, abundan relatos de saltos sobre mesas, ruidos extraños, maullidos en reuniones.
Se ha especulado con síndrome de Tourette o rasgos del espectro autista, pero son hipótesis retrospectivas.
No hay diagnóstico posible.
Lo que sí es evidente es que no encajaba en el molde social de la Viena ilustrada.
En lo económico fue brillante ganando… y pésimo administrando.
Ingresó sumas muy elevadas para su tiempo, pero gastaba en ropa cara, vivienda amplia y vida social intensa.
Jugaba al billar y a las cartas, y escribió múltiples cartas solicitando préstamos.
No murió como indigente, pero sí con una economía frágil.
Su muerte a los 35 años generó mitos.
La teoría del envenenamiento por Antonio Salieri fue popularizada por la película "Amadeus", pero carece de pruebas.
Tampoco fue enterrado en una fosa de pobres: las reformas funerarias de Joseph II, Holy Roman Emperor imponían tumbas comunitarias sencillas por razones sanitarias.
El misterioso encargo del Réquiem procedía de un emisario del conde Walsegg, no de una figura espectral.
En lo íntimo, su correspondencia con Constanze Mozart muestra otra cara.
En 1790 le escribió: “¡Un número asombroso de besos vuelan por todas partes! Veo una multitud de ellos… Acabo de atrapar tres: son deliciosos”.
Pero también fue celoso y moralizante en ocasiones.
Ternura y control convivían.
La raíz de muchas tensiones está en su padre, Leopold Mozart.
Desde los seis años, Wolfgang fue exhibido como “niño prodigio” por toda Europa.
Tocaba con los ojos vendados, bajo presión constante, viajando en condiciones duras.
Leopold fue mentor y también gestor implacable.
Cuando Wolfgang quiso casarse con Constanze en 1782, el conflicto fue feroz.
La boda se celebró sin su consentimiento previo; la carta aprobatoria llegó un día después, cargada de reproches.
El mismo hombre que compuso el “Concierto para piano n.º 24 en do menor” escribió versos sobre excrementos con entusiasmo casi infantil.
No es contradicción: es complejidad.
El genio no elimina la vulgaridad; la contiene.
Reducirlo a mármol es cómodo.
Mirarlo entero —con su grandeza y su inmadurez— es más incómodo, pero también más honesto.
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