/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
El grupo de WhatsApp de los vecinos era el típico nido de pasivo-agresividad: que si el perro del 4º, que si el ascensor huele a tabaco, que si ha llegado un paquete para el 2ºB.
Lo normal.
Hasta que un martes, alguien subió una foto.
Era la cocina del 3B.
La mesa puesta, el café humeando.
Marta, la dueña, tardó dos segundos en escribir:
“¿Quién ha hecho esa foto? No hay nadie en mi casa”.
Silencio total.
Ni siquiera salía el "escribiendo...".
A los cinco minutos, otra imagen: el pasillo de Luis, con la puerta del dormitorio entreabierta.
Luis, que tiene menos paciencia que yo, saltó al cuello:
“Si esto es una broma, no tiene ninguna gracia. Estoy sentado en el sofá y acabo de oír un click”.
El administrador del grupo entró en pánico.
Revisó la lista: nadie había enviado las fotos.
No aparecía nombre ni número.
Era como si el propio chat estuviera vomitando imágenes desde dentro.
Entonces vibró mi móvil. Una foto de mi salón.
La cámara estaba justo en la puerta del pasillo.
Salía yo, de espaldas, mirando la pantalla del teléfono.
Se me heló la sangre.
Escribí con los dedos temblando: “Muy gracioso. Salid de mi casa ahora mismo”.
Llegó la última imagen.
En la foto aparecía yo de frente, mirando a cámara con cara de terror.
Pero lo que hizo que el chat se quedara en un silencio sepulcral no fue mi cara.
Fue lo que se veía en el reflejo del espejo que tengo detrás: la habitación estaba vacía, sí, pero mi reflejo en el espejo no me miraba a mí.
Estaba girado hacia un lado, sujetando un teléfono y sonriendo a la cámara que yo no podía ver.
𝓔𝓵 𝓻𝓮𝓯𝓵𝓮𝓳𝓸 𝓺𝓾𝓮 𝓷𝓸 𝓮𝓻𝓪 𝔂𝓸
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