José Martínez de Sousa, cajista
Hace unos días falleció José Martínez de Sousa. Huérfano y pobre empezó en la caja tipográfica pero a medida que la tecnología de las artes del libro fue desarrollándose se implicó en otras tareas asociadas al arte negro (bibliólogo, ortógrafo, ortotipógrafo, lexicógrafo…)
Su Antes de que se me olvide (Trea) es una maravilla a la que la única pega que le pongo es que no dedicara mucho más espacio a explicar sus conocimientos como cajista. Algunas citas de este libro:
La elección: Llegado el momento, yo tenía que inclinarme por una profesión. A la pregunta de qué oficio quería elegir, respondí sin vacilar:
—La imprenta.
—¿Y dentro de la imprenta? Puedes elegir entre cajas, encuadernación o máquinas…
—Cajas.
—¿Por qué?
—No lo sé. […]
Entonces, cuando comprobé este afanoso tráfago, comprendí por qué había elegido un oficio, por qué este oficio era el de la imprenta y por qué, dentro de ella, preferí el taller de cajas; en definitiva, por qué quería ser cajista tipógrafo (o simplemente cajista o simplemente tipógrafo), términos desconocidos para mí hasta aquel momento. Intuitivamente comprendí que todo lo implicado en aquella profesión me concernía, me gustaba, llenaba mis expectativas. A falta de una carrera universitaria, impensable en la época y en aquellas condiciones (el colegio acogía a niños huérfanos y pobres), lo que más se le parecía era el noble oficio de componer libros, para lo que se necesitaba un cúmulo inmenso de conocimientos de todo tipo (ortografía, tipografía, ortotipografía, gramática, incluso lingüística si uno quería arrebañar todos los conocimientos que a la profesión le resultaban útiles).
Cajetín de las ánimas: Cuando al componer se encontraba una letra rota, matada o de otra fundición, en principio se depositaba en un cajetín de un rincón de la caja, cajetín que recibía nombres distintos según los países. Por ejemplo, en español se llamaba cajetín de las ánimas o cajetín del pastel; en Italia, cajetín de la concordia, y en Francia, cajetín del diablo. Cuando se trataba de materiales abundantes se depositaban en cajones, los cuales recibían los nombres de cajón de los muertos si en ellos se depositaban los materiales rotos o desgastados y cajón del pastel si en ellos se depositaba el pastel, es decir, el conjunto desordenado de materiales tipográficos.
La caja resiste: «Contra lo que pudiera pensarse, el oficio de cajista de imprenta no desapareció de la noche a la mañana. Muy al contrario, fue desapareciendo poco a poco, primero en los países desarrollados y posteriormente en los que están en vías de desarrollo. En el 2003, en La Habana aún se decía que el cajista de imprenta era un «oficio casi extinguido». Hablamos del 2003, cuando ya la linotipia y la monotipia habían desaparecido y cuando la jovencísima fotocomposición, con sus fotolitos, también habían hecho mutis por el foro. A qué se debe tan larga vida (más de quinientos años) es algo que no tiene una respuesta contundente. Es muy probable que la carestía del cambio de tecnología tenga algo que ver. Es lo cierto que Gutenberg y sus colegas perduraron hasta entrado el siglo xxi, cuestión que no sabemos si pudieron prever…»
Imagen: impresiones de clichés tipográficos en la película El incinerador de cadáveres (1969)
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