:dancing_panda: Cada vez tolero menos a unos en particular.
Al principio me culpaba: “quizá estoy siendo demasiado sensible”, “quizá es cosa mía”.
Pero con el tiempo entendí que no todo tiene que ver conmigo.
Hay personas que repiten patrones, que hablan sin pensar, que no escuchan, que desgastan sin querer ni darse cuenta.
Y tú terminas con la paciencia al límite, como un cable pelado que chispea cada vez que toca.
Lo curioso es que no hay pelea abierta, ni drama épico: simplemente la sensación de desgaste, la tensión que crece en silencio, el cansancio de explicar cosas que jamás cambian.
Aprendí que no hace falta gritar, ni demostrar, ni justificarme.
A veces el límite se pone con discreción, con distancia, con esa decisión silenciosa de no dejar que te roben más energía.
No se trata de odio, ni de rencor, ni de querer hacer daño.
Se trata de cuidarte, de proteger tu espacio mental y emocional.
Hay personas que no entienden el impacto de sus actos, y no puedes cambiarlas.
Lo único que puedes cambiar es tu reacción: elegir con quién compartir tu tiempo, tu calma y tu paciencia.
Hay días que duele.
Duele darse cuenta de que algunos no valen la pena, aunque antes fueran importantes.
Duele aceptar que alejarse no es cruel, sino necesario.
Y duele porque te obliga a mirar tus propias sombras, a preguntarte hasta dónde estás dispuesto a soportar y hasta dónde mereces paz.
Pero esa decisión, aunque pequeña, te devuelve algo enorme: libertad, claridad, y la sensación de que tu presente es solo tuyo.
Alejarte de lo que no suma no es egoísmo; es supervivencia emocional. Y en ese silencio que eliges, empiezas a respirar de verdad, a poner límites, a recuperar tu energía y a reconectar contigo mismo.
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